El sábado a la tarde, tras un agradable viaje desde Lourdes atravesando el Pirineo, llegamos a Torreciudad. Como aún era buena hora subimos al Santuario y afortunadamente llegamos para la Bendición con el Santísimo. Había grupos de peregrinos de diversos sitios, entre otros de Pallerols de Rialp, en el Pirineo catalán, que habían venido con una imagen de la Virgen.
Después de la Bendición unos nos quedamos rezando, otros bajaron a la Ermita, otros aprovecharon para ver las numerosas imágenes peregrinas que han ido llegando al Santuario a lo largo de los años, y están muy colocadas en las cripta de los confesionarios. Después de un rato marchamos para el hotel, parando antes en Barbastro para ver la Catedral, como hemos comentado en el boletín anterior. Después de cenar nos quedamos un buen rato de tertulia en una de las salas, para hablar del Caballero de Gracia y de la Asociación Eucarística, pues algunos de los peregrinos la conocían menos, y pueden animarse a incorporarse a ella.
El domingo -último día de nuestra peregrinación- subimos de nuevo al Santuario, donde tuvimos la Misa y luego visitamos la «Experiencia de la fe», muy bien hecha, muy sugerente, y en ocasiones emotiva. A todos nos «removió» un poco. Pero también hubo tiempo antes de la Misa para confesar los que quisieron, viviendo así uno de los rasgos característicos de Torreciudad, acudir al Sacramento de la Misericordia divina. Se veïan caras sonrientes y satisfechas después.
Como podemos leer en la pág web, Torreciudad es un santuario mariano, un lugar para honrar a la Virgen, que derrocha sus gracias y devuelve la alegría, fruto de una experiencia personal de renovación interior. Bajo esta advocación, la Virgen muestra su cercanía a las realidades cotidianas de las personas y de las familias, atendiendo con generosidad sus peticiones desde hace más de diez siglos.
Se encuentra a 24 km. de Barbastro (Huesca, España), un lugar en el que, desde el siglo XI, los cristianos han venerado a Santa María bajo la advocación de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad. La imagen de la Virgen es una talla románica de gran belleza y serenidad en la que el Niño se muestra sentado sobre las rodillas de su Madre como en un trono.
Situado en un paraje con gran atractivo natural, se conserva una torre de vigilancia de la época árabe que da nombre al conjunto: turris civitatis, torre-de-la-ciudad. Junto a ella se alza sobre unos riscos la ermita, construida sobre los vestigios medievales.
El gran retablo -leemos en la web del Santuario- es obra del escultor catalán Joan Mayné (1928-2016), y está inspirado en el estilo plateresco renacentista, especialmente en la obra del escultor valenciano Damián Forment (s. XVI). Como el de las catedrales y otras iglesias de Aragón, es un retablo-custodia porque en el centro, generalmente en la parte superior, está el Sagrario con el Santísimo Sacramento. Mide 14,5 x 9,5 m.
Está realizado íntegramente en alabastro, de uso también muy extendido en Aragón; en la cantera de Besalú (Girona) se contabilizaron 389 toneladas. La mayoría de las figuras son de bulto redondo, y muchas de ellas tienen espalda, que está trabajada como el frontal, aunque no se vea. Un obrero explicó mientras limpiaba cada escena por detrás que, aunque eso no se viera desde abajo, sí que lo veían Dios y la Virgen. La iconografía sigue los cánones clásicos de la tradición cristiana en la representación de cada personaje. Las ocho grandes escenas son como un resumen de la vida de la Virgen.
La imagen de la Virgen de Torreciudad es una talla románica protagonista de una devoción verdaderamente secular: durante más de nueve siglos, generación tras generación, ha recibido la visita en peregrinación, en su ermita junto al río Cinca, de los vecinos de los alrededores, que le han confiado sus alegrías y penas, han pedido por sus necesidades y le han agradecido favores y gracias.
El Santo Cristo de Torreciudad, en la capilla del Santísimo, a la izquierda de la nave. es una impresionante escultura en bronce dorado de tamaño natural, obra del escultor italiano Pasquale Sciancalepore. Representa a Jesús vivo en la cruz, antes de morir y sin la lanzada en el costado, con los ojos abiertos en una actitud de contemplación y diálogo con el peregrino. Esta imagen fue un regalo de San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, quien promovió la construcción del santuario. Él buscó deliberadamente esta iconografía de un «Cristo vivo» para facilitar la oración personal y la meditación de quienes visitan este importante enclave de la Ruta Mariana.
La imagen de San Josemaría, arrodillado, revestido con capa pluvial, a la izquierda del presbiterio, sobre una peana, es obra del escultor catalán Joan Mayné. La talla está esculpida en alabastro, representa al fundador del Opus Dei arrodillado en actitud orante hacia el sagrario.
Vimos también un cuadro de la Virgen con el Niño, al que San Josemaría llamaba la Virgen del Niño peinadico, a la que tenía mucha devoción. El original está en la Colegiata de Alquézar, y tenían una copia en casa de sus padres.
A última hora de la mañana dejamos Torreciudad, con cierta nostalgia y con el propósito de volver; quizás para la Jornada de la Familia, en septiembre… Y muy agradecidos a la Virgen por haber escuchado nuestras peticiones.
Después de comer en Tres Caminos salimos para Zaragoza, donde hicimos una breve parada exclusivamente para ir a saludar a la Virgen del Pilar, colofón de nuestra peregrinación mariana. Hacia las 9 de la tarde (de dïa aún), llegamos a Madrid. Deo gratias, y hasta la siguiente peregrinación.