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Desde hace meses teníamos la ilusión de poder sacar a la calle en Vía Crucis la imagen del Santísimo Cristo de la Agonía (1650), obra de Juan Sánchez Barba, que veneramos en nuestro Oratorio desde 1885. Como recoge el libro de la Historia Artística del Oratorio, la señora Condesa de Albranca regaló este precioso crucifijo, que al Marqués de Lozoya era el que más le gustaba de los que conocía en España. El domingo Vº de Cuaresma, previo al Domingo de Ramos, a las 19 h fue el momento esperado.

Hemos tenido la alegría de saber que ya el pasado siglo al menos en alguna ocasión el Santo Cristo participó en la procesión del Silencio, llevado a hombros directamente, como se puede ver en la fotografía.

Rafael Menéndez y Osar José de Antonio, con la experiencia adquirida en una Hermandad de Semana Santa, nos propusieron sacar la imagen para celebrar un Vía Crucis en las calles cercanas al Oratorio. La Junta de la Asociación Eucarística lo consideró y pareció bien, y se iniciaron los trámites para la concesión del permiso necesario del Ayuntamiento. A la vez, Rafael y Oscar hicieron las gestiones para conseguir las parihuelas en las que había que sacar la imagen y también contar con los porteadores o costaleros necesarios. Por otra parte, se informó a muchas personas y medios de comunicación. Y gracias a Dios la participación ha sido amplia, y el Vía Crucis se ha desarrollado con piedad y solemnidad por el recorrido previsto: calle Caballero de Gracia, Virgen de Peligros, Aduana, Montera y de nuevo Caballero de Gracia. En total, una hora y media. Las catorce estaciones del Vía Crucis se repartieron a lo largo del trayecto. El Rector leía las estaciones, acompañado del Presidente de la Asociación Eucarística, José Luis Arranz. La megafonía permitía oírlo a los numerosos participantes. Los costaleros, 14 en total, se turnaban de vez en cuando. El Estandarte de la Asociación abría el cortejo, con la Cruz guía y los ciriales. Un acólito portaba en incensario. Y una poderosa banda de tambores, de Leganés, acompañaba el paso con el ritmo adecuado.

Al terminar, un gran aplauso al Santo Cristo, la alegría de haberle acompañado rezando, y el propósito implícito de repetirlo en los años sucesivos, Dios mediante. Y el agradecimiento a todos los que han hecho posible llevar a cabo el Vía Crucis.